Cosmic Dimension

Loading

Loading... • Lädt... • Carregando... • Cargando...

top of page

Pluribus: cuando la armonía asusta y la felicidad nos inquieta

  • Autorenbild: Fabe
    Fabe
  • 19. Dez. 2025
  • 4 Min. Lesezeit

Carol gritando Pluribus


¿Qué hay realmente detrás de Plur1bus?


Desde que la serie comenzó, algo en ella llamó mi atención de una manera diferente. No parece ser simplemente otra producción hecha para distraer o atrapar por la adrenalina. Al menos hasta ahora, Pluribus se presenta más como un espejo que como entretenimiento: una invitación silenciosa a reflexionar sobre el momento que vivimos como humanidad.


Creada por Vince Gilligan, la serie construye un mundo transformado por algo que se aproxima a la idea de una conciencia colectiva unificada. De repente, gran parte de la humanidad atraviesa una especie de “activación”, descrita en la narrativa como una epidemia o transformación neurológica, y el mundo cambia radicalmente. Las personas parecen más calmadas, cooperativas, conectadas, como si el filtro de la mente egoica hubiera caído y todos comenzaran a acceder a un mismo campo de información, a una misma fuente.


Sin embargo, algunos pocos humanos no pasan por esa transformación. Entre ellos está Carol, la protagonista. Ella permanece aislada, aferrada al antiguo mundo que ya no existe y a su propia individualidad. Carol acaba convirtiéndose en el símbolo de esa resistencia: la resistencia a la disolución del “yo” en algo mayor.


Es natural que muchos espectadores se identifiquen con su lucha. Aun así, comienza a surgir una pregunta: ¿por qué resistirse tanto a un estado que parece traer paz, armonía y unión? ¿Por qué desear el regreso de un mundo marcado por la competencia, la violencia, el miedo, las disputas y el sufrimiento psicológico?


Aunque no se asuma como una obra espiritual, Pluribus toca temas profundos y delicados. Cuestiona nuestro apego visceral al pasado, a la vieja forma de vivir y sentir, al dolor que conocemos, y también al ego fragmentado que teme lo desconocido.


En el camino espiritual, el ego suele aparecer como una estructura de defensa. Intenta protegernos, pero al mismo tiempo nos aprisiona en patrones repetitivos. Carol carga con ese miedo primitivo: el miedo a perder la identidad cuando el conflicto deja de existir, cuando ya no hay contra qué luchar. El miedo a disolver fronteras. El miedo al cambio. La serie parece colocarnos frente a una pregunta esencial: ¿es realmente la individualidad nuestro bien más preciado, o solo una etapa temporal de la conciencia?


En Pluribus, la humanidad transformada se asemeja a un gran campo mental unificado: silencioso, pacífico y conectado.

Algo que muchas tradiciones espirituales describen como Samadhi, Conciencia Crística, Conciencia Búdica o, simplemente, el retorno al Uno. Para una conciencia aún aferrada al ego, esto puede sonar como una prisión. Para otros, puede despertar una memoria profunda, casi ancestral, de sanación, pertenencia y trascendencia.


Tal vez lo que más asuste en la serie no sea el colectivo en sí, sino nuestra dificultad para imaginar un mundo donde la paz, el amor y la armonía no sean impuestos, sino consecuencia natural de un nuevo nivel de conciencia: un mundo donde el conflicto deja de ser el eje de la existencia.


Pluribus expone con delicadeza algo que rara vez cuestionamos: nuestro apego al sufrimiento, al caos y a la romantización de la lucha. Muestra cuánto nos hemos acostumbrado al dolor, hasta el punto de extrañar la posibilidad de vivir sin él. Y quizá nos pregunte, sin decirlo directamente, si el verdadero miedo no es perder la individualidad, sino soltar el viejo mundo que aprendimos a confundir con libertad.


La serie aún está en desarrollo y no sabemos hacia dónde nos llevará. Pero el debate que abre ya es valioso. Tal vez Pluribus no hable de una amenaza externa, sino de la resistencia humana al propio despertar: el miedo a perder fronteras, el miedo al silencio, el miedo a entrar en un espacio donde hay más presencia, colaboración y paz.


Curiosamente, esto me hace pensar en una sociedad de hormigas, no en la versión jerárquica que solemos proyectar, sino en una organización viva donde nadie está por encima de nadie. Un colectivo sin reyes ni reinas, sostenido por una red sutil de conexión que organiza el todo no a través del miedo o el control, sino por la armonía natural. Cada ser como un pequeño nodo de la gran red, cuidando del conjunto porque siente al conjunto.


En la serie, lo que realmente asusta a Carol no parece ser un peligro concreto, sino el silencio de ese campo compartido. No es el colectivo lo que la amenaza, sino la disolución de un “yo” separado, rígido, moldeado por un mundo basado en la competencia, la vigilancia y la paranoia.


Pluribus refleja algo profundo de nuestra psique moderna: fuimos entrenados para desconfiar del amor, sospechar de la amabilidad e interpretar la conexión como una amenaza. Por eso, una sociedad vibrando en armonía —como muchos pueblos originarios y diversas tradiciones espirituales reconocen al percibirse como parte de un organismo vivo— puede parecer aterradora para una mente habituada al individualismo egoico.


Carol huye del amor de la misma manera que muchos de nosotros huimos del silencio interior.

No porque sea peligroso, sino porque ese silencio disuelve los muros del ego y, junto con ellos, todo aquello que aprendimos a creer necesario para existir. La serie parece mostrarnos esto con delicadeza, usando a Carol como espejo: cuando resistimos la conexión, sufrimos; cuando nos relajamos en el flujo, algo mayor en nosotros comienza a despertar.


Tal vez el nuevo mundo de Pluribus no sea una advertencia sobre otra dominación extraterrestre o una conspiración contra la humanidad, narrativas de las que ya estamos saturados. Tampoco esté hablando de la pérdida de la individualidad, sino invitándonos a reflexionar sobre qué tipo de individualidad elegimos seguir sosteniendo. Al fin y al cabo, el “yo” nunca fue un territorio aislado; siempre fue apenas una habitación dentro de una casa mucho más grande.


El ego tiende a insistir en la necesidad de control, separación, conflicto y defensa constante para mantenerse vivo. Pero existe otra posibilidad: una individualidad consciente, que sabe quién es sin necesidad de oponerse al todo. En este sentido, Pluribus parece ofrecernos, con suavidad, una elección silenciosa: continuar defendiendo un mundo construido sobre el miedo, la guerra y la vigilancia, o permitir que el “yo” se relaje, se expanda y participe de una red viva, conectada y cooperativa, donde la armonía no es impuesta, sino que nace de forma natural.


Tal vez el verdadero dilema no sea entre libertad y unión, sino entre permanecer identificado con un ego que cree estar en control o confiar en una inteligencia mayor, donde el “yo” no desaparece, sino que, finalmente, encuentra su lugar dentro del todo.



 
 
 
bottom of page